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El teatro tiene que ser un disparador para quien lo hace y para quien lo ve. Planteando ambigüedades y soluciones irresolutas. No queremos un teatro de respuestas, queremos plasmar nuestras propias contradicciones y mostrar algo que la gente no quiere ver, lo inesperado. Eso que sobrevuela la escena, que es muy difícil de definir, es el elemento primordial del género teatral. Ver ahí lo que no puedo ver en otro lugar. Porque es en el escenario donde se concreta el fenómeno de la mirada, a partir del actor, su cuerpo y su muñeco.

Kantor lleva al universo del teatro la noción de acción enunciada por Duchamp: “Acciones consecutivas, no organización”. Kantor en su Teatro de la Muerte, manifiesta” las nociones más importantes del teatro de su generación y varias de las posteriores:


El drama como suceso.


La preexistencia del escenario y sus tensiones frente al drama.


La deformación de la acción: repetición, retardo, desaceleración, estiramiento.


La importancia de lo insignificante.


La notación de cada movimiento del actor en detrimento de la palabra dicha.


El actor como maniquí.


El vestuario como forma móvil y liberada en la escena.


La dramaturgia del director.


La autonomía del “teatro” frente al texto.

La manipulación es un montaje de cuerpos, el cuerpo del actor y el del objeto. Ambos son fragmentos de un cuerpo mayor que constituyen juntos: el sistema del teatro objetal.

Este sistema está constituído por secuencias o segmentos, en ellos el cuerpo del actor o su fragmento, es una unidad más, sin orden de importancia. Los cuerpos rotos de los manipuladores pueden funcionar en simetría con los objetos, verse como partes, como piezas intercambiables y también independientes entre sí.
El actor puede sintetizarse para formar un uno con la cosa, o potenciarse, para violentarlo y dividirse. Pero aún con toda su fuerza expresiva funcionando, lo humano puede perder la batalla frente al objeto. La rotundez de éste último puede superar a la fragilidad de la carne sensible y disociable.



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