El
manifiesto puede ser visto como una consecuencia de su “pérdida de confianza en
la pintura” y de su introducción en la creación plástica de objetos cotidianos
banales, de uso frecuente, que el artista describió como “pobres”. Aunque
alejados de la realidad cotidiana para ser trasladados al contexto del arte,
los objetos de Kantor no eran “objetos encontrados” introducidos de una manera
puramente accidental como los objetos dadaístas. El artista realizaba una
selección a partir de la cual conformaba su propio repertorio de objetos que
aparecían en su creación artística y en sus obras teatrales. Introducía ruedas
de carro, sillas plegables, perchas, paraguas, maletas, mochilas, etc.
Los
objetos que el artista utilizó en su obra visual y en sus piezas teatrales
tenían un carácter ordinario, simple y popular, ya que estaban presentes en la
vida de todos y eran fácilmente reconocibles. Una vez seleccionados, o más bien
anexados por Kantor a su repertorio, no perdían sus características originales.
Lo que sí los diferenciaba de sus versiones convencionales era la utilización
extraordinaria que se hacía de ellos, la cual revertía su percepción habitual y
explotaba su lado narrativo, expresivo y poético. Este gesto artístico de
apropiación de objetos, no apuntaba a elevar los objetos cotidianos a la categoría
de arte, sino que privilegiaba el “descenso del artista en la realidad” y la
“renuncia de sus aspiraciones y sus prerrogativas de rango superior” .
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